El tiempo, collage manual. Paqui Díaz
“Una humanidad que ha llegado a inventar el proverbio el tiempo es oro, comprenderá todo mi despecho”, declara el protagonista de la ineludible novela de Joseph Conrad, La línea de sombra. Es una frase ambigua que nos hace dudar sobre dónde radica realmente el resabio del joven marino, si en la sociedad, en el oro, o en él mismo ante el desafío de llevar a puerto la arisca nave que gobierna. O quizá su despecho anida en el tiempo, ese juez insobornable que todo lo sentencia.
Los animales son afortunados porque no viven en sí mismos el latido inexorable del tiempo; para los animales y las plantas el tiempo no existe. Y para los niños y los muy jóvenes, tampoco el tiempo es una herida. Pero las personas somos más que naturaleza, somos también historia y para vivirla y contárnosla, nuestra mente ha creado el concepto tiempo. Nos diferencia del resto del mundo vivo la conciencia de que somos tiempo: esa certeza de finitud entre la natalidad y la mortalidad es nuestra vida. Pero esa evidencia única, antes que paralizarnos, nos proyecta, nos empuja hacia adelante. Y como, según Paul Valéry, “la tarea de una mente es fabricar futuro”, tras alumbrar el concepto tiempo, los humanos ideamos también el instrumento para medirlo, contarlo y sostener la huella de las horas: el reloj. Sin él, la revolución industrial no habría sucedido. Y aún hoy, no hay máquina más omnipresente en la vida de las personas, y de las otras máquinas, que el reloj. Todos, humanos o no, admiramos y perseguimos su perfección.
Pero con los relojes, llegaron también las prisas, las urgencias de apretar dentro de un mecanismo finito, una agenda infinita. En estos tiempos que corren más que nosotros, el avance tecnológico se fundamenta en la velocidad. La prisa continua hace desaparecer la realidad mientras nosotros corriendo de aquí para allá nos descorporeizamos, porque no nos aguanta el cuerpo para ir de lugar en lugar, de tarea en tarea, de pantalla en pantalla; incluso se ha puesto ya en uso la expresión “no me da la vida”. Y como es casi imposible colocar el cuidado en el mismo espacio que la prisa, la indiferencia va ganándonos terreno y para salir medianamente airosos del frenético tráfago cotidiano, nos amigamos con la indolencia, que poco exige pero menos da.
La lentitud puede ser nuestra mejor aliada para no perdernos la vida por el camino de la vida. Frente al apuro, serenidad. Contra el apresuramiento, sosiego. Al fin y al cabo, cuál es la misión de la vida, sino vivirla plenamente. Si ya sabemos que todo aquí lo poseemos a título de depósito temporal, a qué viene tanto afán en defender lo que no tenemos, para qué correr tanto. No podemos derrochar nuestro valioso, único y perecedero tiempo en parcas simulaciones que son auténticas nadas que nos dejan vacíos, sin cuerpo y sin espíritu. Demos un pasito al lado, paremos, contemplemos el milagro de la belleza, de la salud, de la amistad, de la armonía, de la naturaleza, del sentimiento, del arte, del amor... todo lo bueno es mejor despacio.
Vivir con calma es la única forma de entendernos con el infinito, de cuidar el alma. Y el alma, ya lo sabemos, no usa reloj.
(Inma Díaz, 2024. Artículo para la revista VIÑAS LITERARIAS N.5)