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sábado, 17 de enero de 2026

HUEVOS PASADOS POR AGUA


Los domingos había dos misas, una a las seis, como los demás días, y la otra, más solemne, a las ocho. Entre las dos, me llevaban a un comedor, en el que me servían dos huevos pasados por ragua, rebanadas de pan con mantequilla y café con leche.

(Georges Simenon. Carta a mi madre)

martes, 13 de enero de 2026

YO TE MIRÉ INTENSAMENTE

Autorretrato. Lee Krasner

Te di un beso en la frente. Alguien, no sé quien, cedió su silla para ofrecérmela. Yo te miré intensamente. Creo que en toda mi vida no te había mirado de ese modo.

(Georges Simenon. Carta a mi madre)

miércoles, 7 de enero de 2026

MEJILLONES CON PATATAS FRITAS


Fueron ocho días, aproximadamente, —mi estancia más larga en Lieja desde mi marcha a los diecinueve años—, y, cuando abandonaba el hospital, no podía por menos de recobrar placeres de mi juventud, como ir a comer mejillones con patatas fritas o anguila en salsa verde.

(Georges Simenon. Carta a mi madre)

lunes, 5 de enero de 2026

CARTA A MI MADRE


Querida mamá:

Hoy hace tres años y medio, aproximadamente, que moriste, a la edad de noventa y un años, y tal vez hasta ahora no haya empezado yo a conocerte.

(Georges Simenon. Carta a mi maddre)

lunes, 14 de diciembre de 2015

Tu mirada es el paisaje (CXIII)

Estella. Janel Bragg

Por ejemplo, su abuelo y Müller se confundían, pese a no parecerse en absoluto. Les veía la misma mirada maliciosa, diabólica, y sobre todo veía la expresión del abuelo cuando lo sorprendió robando azúcar.

La sed. Georges Simenon, 1934

sábado, 4 de julio de 2015

Tu mirada es el paisaje (CII)

Sitting Girl. Cuno Amiet

Su mirada se había vuelto ausente y huidiza, pues vivía en un perpetuo estado de semiembriaguez. Así y todo, no adelgazaba. Su rostro, por el contrario, tenía tendencia a engordar, pero había cobrado un color macilento.

La sed. Georges Simenon, 1934

martes, 6 de agosto de 2013

Tu mirada es el paisaje (XCI)

A Müller debió de asaltarle un pensamiento extraño tras echarse en la cama, pues se levantó sin hacer ruido y fue a sentarse a su sillón, frente a Kraus dormido.
¿Temía verlo escabullirse? En cualquier caso, evitó cerrar los ojos y, en varias ocasiones, la mirada de Rita se cruzó con la suya, que a ella seguía pareciéndole vigilante y cavilosa.


La sed. Georges Simenon, 1934