sábado, 1 de noviembre de 2025

TREMENDAS PALABRAS

La rosa de la palabra. Inma Díaz @unalunitagranate

Nacemos y ya nos encontramos con el lenguaje: aprendemos a hablar antes que a pensar. El filósofo Julián Marías dijo que “el ser humano es recibido en el mundo por la caricia de la palabra”.

La finalidad de la lengua es servir de instrumento de comunicación al grupo humano que la habla. La lengua es el más elemental factor de cohesión social, ya que permite a las personas entenderse entre ellas, algo imprescindible para la supervivencia. La lengua es el puente que nos saca del ensimismamiento no deseado, poniéndonos en relación con lo otro, con el mundo. La lengua es un frondoso bosque, un rico ecosistema, un complejo conjunto de elementos relacionados entre sí de forma insustituible y genuina para uso y disfrute de sus hablantes. Es nuestra riqueza, a nosotros corresponde su protección y su defensa, algo a nuestro alcance, puesto que todos los días hablamos y escribimos. Hablar y escribir bien se convierte así en una cuestión afectiva, amorosa.

La lingüística es la disciplina que se ocupa del estudio teórico del lenguaje y su principal herramienta es la gramática, que es como el reglamento de cada idioma. La gramática contiene las reglas que rigen el uso de una lengua. En ella encontramos, por ejemplo, el léxico, que es el vocabulario o conjunto de voces o palabras; y de las relaciones que se establecen entre ellas y sus posibles combinaciones, se ocupa la sintaxis. Si quisiéramos extendernos, habría que referirse también a la ortografía, la fonética, la morfología, la semántica, la pragmática, la etimología, etc.

Antonio de Nebrija ocupa una posición destacada en la historia de la lengua española, porque a él le debemos la redacción de la primera gramática en nuestra lengua, publicada en julio de 1492, apenas dos meses antes del descubrimiento de América. Dicen las crónicas que cuando Nebrija presentó su “Gramática castellana” a Isabel y Fernando, los reyes de Castilla, estos le preguntaron desconcertados: “¿y esto para qué sirve?”, a lo que Antonio, el primer lingüista hispánico, respondió sin dudar: “esto sirve para crear un imperio”. De este modo, la lengua de Castilla se reviste de estrategia, alzándose como lengua de Estado, de cultura y de expansión, contribuyendo así a que durante el reinado de los llamados Reyes Católicos se sentaran las bases de lo que pocos años después sería el Imperio español.

También fue Nebrija quien elaboró el primer Diccionario latino-español. Un diccionario es el repertorio de palabras de una lengua o de una disciplina concreta, acompañado de sus definiciones y explicaciones. Las palabras son las herramientas mentales más poderosas. Conocerlas y esforzarse en usarlas correctamente confiere inteligencia y constituye la mejor gimnasia contra la ruina neuronal. La tarea no es fácil, y en la superación de esa dificultad está condensado el poder salvador de las palabras: son juguetonas, altivas e independientes, hay que cortejarlas sin cansancio, pero no podemos olvidar que son muy suyas y que gozan jugando al escondite, como saben muy bien los poetas… pero en ellas, en las palabras, vivimos como seres humanos. Y, cuidado, es importante no confundirse. Ya Benedetti nos alertó: “palabras que arden y se apagan, no son palabras, son palabrerías”.
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PALABRA: unidad lingüística, dotada generalmente de significado, que se separa de las demás mediante pausas potenciales en la pronunciación y blancos en la escritura.

Y todo se quedó en buenas palabras: expresiones o promesas falsas y vanas que no llegan a nada.

Fulanita habla con medias palabras: hablar sin decir todo lo que se sabe.

Te doy mi palabra de honor: empeño o compromiso a modo de juramento.

No quiero oír palabras gruesas: palabras malsonantes, obscenidades, insultos.

Te tomo la palabra: aceptación de un ofrecimiento, convirtiéndolo así en compromiso.

Ojalá supiera yo la palabra mágica: la palabra concreta y secreta que consigue algo.

Palabra de Dios: el evangelio.

Ella no habla, suelta palabras al aire: palabras que no merecen ser tenidas en cuenta por lo que dicen o por quién las dice.

Eso que has dicho son palabras mayores: palabras demasiado ofensivas o peligrosas.

Esta es mi última palabra: decisión definitiva e inalterable.

(Inma Díaz, 2025. Artículo para la revista VIÑAS LITERARIAS N.6)

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