Foto doble. Inma Díaz
Y faltos de palabras, fue ella quien se acercó. Apoyó la frente en su pecho y le hundió el rostro hermoso entre las solapas de la levita en busca de refugio, o de consuelo, o de la solidez que a ambos empezaba a escasearles y que sólo conjuntamente, apoyándose el uno en el otro, parecían ser capaces de apuntalar. Él le clavó la nariz y la boca en el pelo, absorbiéndola como el desahuciado que embebe su último aliento.
(María Dueñas. La templanza)
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