Exígele a la vida que te enseñe
a distinguir el mar del oleaje
que expulsa los desechos junto a las caracolas.
Las confesiones de Don Quijote. Luis García Montero
Como muchos habréis reconocido, así comienza Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Reflexiono sobre el acto de nombrar, de dar un nombre a algo o a alguien, que casi con toda seguridad será su nombre para siempre. Los libros hay que titularlos, nombrarlos para poder distinguirlos de todos los demás, para poder hablar de ellos, para buscarlos o, incluso a veces, para aborrecerlos. Poner un título a una historia, qué difícil, todo su contenido en un título.
Hay títulos que atraen cual imanes; es el caso de, siguiendo con García Márquez, La increíble y triste historia de la cándida Erénderira y su abuela desalmada, o también, Ojos de perro azul.
Otros títulos rebelan desde las primeras líneas su compenetración con el libro, como ocurre con El viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda. En cambio, el que leo ahora solo en las últimas páginas se comprende el porqué de su nombre, La sed, de Georges Simenon, lectura muy interesante y de factura muy distinta a la que nos tiene acostumbrados su autor. 
La ciencia económica ha hecho de abogado de lo imposible al sugerir que algún mecanismo inexplicado transmutaría en resultados globalmente deseables el expansionismo depredador e insolidario que practican las organizaciones estatales y empresariales. Cada individuo, cada empresa o cada Estado trata de expandir a la vez su poder y su riqueza pecuniaria, maximizando sus ingresos, sus beneficios o su renta nacional, a costa de la degradación de un entorno que comparten, o compartirán, otros individuos, otras empresas y otros Estados.
Elena NarkevichLa noche es una mujer desconocida. Pablo Antonio Cuadra