En una tienda grande de la calle Athinás, los perros habían aprendido a distinguir a los buenos clientes de los que nomás miraban, y a unos les movían el rabo, y a los otros les enseñaban los dientes.
Tenía la cara más fina que el cuerpo, donde se le acumulaba el peso en el abdomen, las caderas y los muslos. Comiendo, buscaba el consuelo que no encontraba en ninguna otra parte. El relleno se acumulaba sobre ella como defensa contra las dificultades de la vida. Y parecía todavía más gruesa porque llevaba ropa muy grande. La mujer vestida con sacos que se embadurnaba de maquillaje como si fuese disfrazada porque a su cara le daba miedo salir al mundo sola, por temor a que la viesen. Por temor a tener que verse a sí misma.
(Tiffany McDaniel. El verano que no derritió todo)
Se emocionó de ver tanto libro junto. La maestra poseía unos cincuenta volúmenes ordenados en un armario de tablas, y se entregó a la placentera tarea de revisarlos ayudado por la lupa recién adquirida.
(Luis Sepúlveda. Un viejo que leía novelas de amor)
Sin oficio ni beneficio, sin parientes ni habientes, vagaba por Madrid un servidor de ustedes, maldiciendo la hora menguada en que dejó su ciudad natal por esta inhospitalaria Corte, cuando acudió a las páginas del Diario para buscar ocupación honrosa.
Pelé las setas y las corté delante de ellos para después mezclarlas con los huevos batidos, quince en total. Cuando la tortilla estuvo tal y como les gustaba, poco hecha, serví una buena porción a cada uno pidiéndoles que no se la tragaran como tenían por costumbre, sino que la masticaran para apreciar mejor su sabor, en honor a los viejos tiempos.
Lo que aprendí de aquel diluvio bíblico que nos confinó durante días fue que las cosas de las manos se me daban fatal. Y también que, cuánto más gastado está un libro, más vivo parece.
Y faltos de palabras, fue ella quien se acercó. Apoyó la frente en su pecho y le hundió el rostro hermoso entre las solapas de la levita en busca de refugio, o de consuelo, o de la solidez que a ambos empezaba a escasearles y que sólo conjuntamente, apoyándose el uno en el otro, parecían ser capaces de apuntalar. Él le clavó la nariz y la boca en el pelo, absorbiéndola como el desahuciado que embebe su último aliento.
Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.
La barbacoa. Collage manual. Inma Díaz @unalunitagranate
No había olvidado nada, pero los recuerdos ya no me calaban. Habían comenzado a transformarse en viejas fotografías. Yo mismo me iba pareciendo cada vez más a una vieja fotografía de mí mismo.
Y entonces Ewan aguardó un momento y sus labios se unieron a los de ella, temblorosos como los suyos. Chris quería gritar y reír todo a la vez y que él la siguiera abrazando así para siempre, en el patio, y que sus labios temblorosos siguieran abriendo los suyos tan dulces e imponentes.
Era una receta del cocinero del rey, Montiño, el cual no sabiendo qué ofrecer al rey como novedad, se le ocurrió romper unos huevos, mezclándolos muy fuertemente y echándolos luego en una sartén con manteca. Salía entonces una especie de manta de damasco dorado, doblada, acaso algo tostadilla, y encima se le echaba miel o jamón o perdiz escabechada, cualquier cosa a gusto de que a fuera a comer.
Y yo sentí lo de otras veces: que entrar en un pueblo en medio de la oscuridad era como estrecharle la mano a una persona sin poder verle la cara. Una mala manera de empezar las cosas.
Los domingos había dos misas, una a las seis, como los demás días, y la otra, más solemne, a las ocho. Entre las dos, me llevaban a un comedor, en el que me servían dos huevos pasados por ragua, rebanadas de pan con mantequilla y café con leche.
En brazos ya del Tiempo, Socorro, mi madre, que nos dejó hace ya siete años, y Daika, una de las perras de mi vida, que se fue hace muy poquitos meses. Amores eternos.
A las seis de la tarde ya era de noche. Una noche cerril y triste, sin vuelta de hoja. Todas las oscuridades se parecen, pero ninguna como la de un pueblo remoto justo después del ocaso de diciembre.
Los cuadros de Kuba atacaban a todo el mundo con fuerza y pasión. Nada de "ropa sucia", según se llamaba en aquella época a los cuadros aburridos, sin ningún interés, pintados por artistas aburridos y sin ningún interés.
Neuman pidió escalopas a la vienesa y una botella de vino blanco Ludmila. Cuando trajeron las escalopas, doradas, resplandecientes, en una bandeja de plata, comentó:
—¡Así debe ser! Cuando las traen a la mesa deben estar todavía cubiertas de mantequilla hirviendo.
Así que volvieron a salir a la noche, que la lluvia había despejado y refrescado, y en la que un viento procedente del mar soplaba entre las estrellas y había nubes como velos de mujeres grandotas a la deriva, de mujeres de pescadores, que cruzaban los tristes rostros de las áridas colinas altas.
Te di un beso en la frente. Alguien, no sé quien, cedió su silla para ofrecérmela. Yo te miré intensamente. Creo que en toda mi vida no te había mirado de ese modo.
Las tierras de Kinraddie las ganó un joven noble normando, Cospatric de Gondeshil, en tiempos de Guillermo el León, cuando los grifos y otras bestias semejantes todavía recorrían la campiña escocesa y la gente se despertaba en sus camas al oír a los niños gritando porque un enorme lobo que había entrada por una ventana cubierta por un pellejo les estaba rajando el cuello.
Fue el descubrimiento más importante de toda su vida. Sabía leer. Era poseedor del antídoto contra el ponzoñoso veneno de la vejez. Sabía leer. Pero no tenía qué leer.
(Luis Sepúlveda. Un viejo que leía novelas de amor)
Era una fotografía preparada; Sandy sonreía a la cámara con expresión de astro cinematográfico, medio enigmático y medio provocativo. No era un hombre apuesto pero el fotógrafo había conseguido que lo pareciera.
Fueron ocho días, aproximadamente, —mi estancia más larga en Lieja desde mi marcha a los diecinueve años—, y, cuando abandonaba el hospital, no podía por menos de recobrar placeres de mi juventud, como ir a comer mejillones con patatas fritas o anguila en salsa verde.
Modernas y seductoras. Collage manual. Inma Díaz @unalunitagranate
Isa y Vero jugaban a los recortables, que era una payasada que consistía en jugar con unas muñecas cabezonas de cartulina en vez de hacerlo con las muñecas de verdad.
El árbol se extiende y se retrae según la luz del día. Espera la luz del sol, espera la lluvia, espera una estación y después la otra, espera la muerte. Ninguna de las cosas que le permiten vivir depende de su voluntad. Existe y basta.
El viejo permaneció en el muelle hasta que el barco desapareció tragado por una curva de río. Entonces decidió que por ese día ya no hablaría con nadie más y se quitó la dentadura postiza, la envolvió en el pañuelo, y, apretando los libros junto al pecho, se dirigió a su choza.
(Luis Sepúlveda. Un viejo que leía novelas de amor)