A Group of Danish Artists in Rome. Constantin Hansen
Las épocas de incertidumbre prolongada, en tanto son compatibles con el más alto grado de santidad de unos pocos, son enemigas de las prosaicas virtudes cotidianas de los ciudadanos respetables. Nadie se dedica a acumular ganancias, cuando mañana pueden disiparse todos sus ahorros; nadie favorece la honestidad, cuando la persona hacia quien se practica es casi seguro que os estafará; nadie se adhiere a una causa, cuando ninguna causa es importante ni tiene ninguna probabilidad de victoria estable; ningún argumento en favor de la verdad, cuando sólo la flexible tergiversación hace posible la conservación de la vida y la fortuna. El hombre cuya virtud no tiene otro origen que una prudencia puramente terrena, en un mundo así se convertirá en un aventurero si tiene valor, y si no lo tiene buscará la oscuridad como un tímido contemporizador.
Menandro, que pertenece a esta época (s. III a.C.), dice:
Así he conocido muchos casos de hombres que aunque no eran bribones por naturaleza, llegaron a serlo, por apremio, a través de la desgracia.
Descubrí que mi drama provenía de lo relativo de mi ser y obtuve el privilegio de asumir otros seres con sólo dar cuerda a un resorte especial de la conciencia. Ahora si me canso de ser hombre me convierto en sonido o piedra o nube o bermellón para un pintor extraño. Pero cuando sostengo que soy jardín, los médicos me prescriben camisa de fuerza y manicomio sin embargo doy rosas cuando quiero ...
En cierto día de octubre de cada año, sonaba el teléfono en la casa de Mirta Colángelo: -Hola, Mirta. Soy Jorge Pérez. Ya te imaginás por qué te llamo. Hoy hace dieciséis años que encontré aquella botella. Te llamo, como siempre, para celebrarlo. Jorge había perdido el empleo y las ganas de vivir, y andaba caminando su desdicha entre las rocas de Puerto Rosales, cuando encontró una de esas naves de la flota que los alumnos de Mirta arrojaban, cada año, a la mar. Dentro de cada botella, había una carta. En la botella que encontró Jorge, la carta, muy mojada pero todavía legible, decía: -Me llamo Martín. Tengo ocho años. Busco un amigo por los caminos del agua. Jorge la leyó y esa carta le devolvió la vida.
Una mujer tiene que estar dispuesta a arder al rojo vivo, a arder con pasión, a arder con palabras, con ideas, con deseo de cualquier cosa que ella aprecie sinceramente... El fuego necesita, exige vigilancia, pues la llama se apaga fácilmente.
Sin el fuego, nuestras grandes ideas, nuestros pensamientos originales, nuestros anhelos y aspiraciones no se podrán guisar y todo el mundo (todo nuestro mundo) quedará insatisfecho.
Mujeres que corren con los lobos. Clarissa Pinkola Esté
No le pidas nunca nada en préstamo a un amigo: es posible que no posea aquello que ha hecho creer a todo el mundo que posee y, si lo desenmascararas, te odiaría. Igualmente, si acepta a su pesar, o no recupera su posesión en perfecto estado, te guardará rencor. No le compres nunca nada a un amigo: si te pide un precio demasiado elevado, te sentirás estafado; si el precio es demasiado bajo, es él quien se sentirá estafado. En ambos casos, vuestra amistad se resentirá.
El indigente, el sinnada, iba pidiendo para un café por entre las mesas de la soleada y concurrida terraza. Llevaba una gorrita azul. Y en ella, bordado con blancas puntadas, un anagrama del lujo, un logotipo de la desproporción, de la desigualdad: Marbella, una marca con clase.
Llega el verano, mi estación favorita: me encanta el sol, el mar, la playa, los espetos de sardina, las cañas heladas, la sandía... los días largos y la piel morena. Leer tochos, poesía y periódicos atrasados bajo la sombra fresca de un toldo o, mejor, de una enramá.
Subes del mar, entras del mar ahora. Mis labios sueñan ya con tus sabores. Me beberé tus algas, los licores de tu más escondida, ardiente flora.
Subes del mar, entras del mar ahora... Pablo Neruda
Las tres mujeres de Sima Ku habían empleado todos los remedios populares y todas las clases de medicamentos que había a su alcance para paliar los dolores de la espalda quemada y congelada del hombre que compartían. La primera esposa le había puesto una escayola, que la segunda esposa le había quitado para lavar la zona con una loción que había preparado mezclando una docena de extrañas hierbas medicinales, después de lo cual la tercera esposa la había cubierto con un polvo compuesto de hojas aplastadas de pino y de ciprés, raíces de encina, clara de huevo y bigotes de ratón chamuscados. Con tanta actividad, que hacía que su espalda estuviera húmeda en un momento determinado y seca un instante después, a las viejas heridas se les unieron otras nuevas. Llegó un momento en el que Sima Ku se envolvió en una chaqueta impermeable que se cerraba con dos cinturones de cuero y en cuanto veía que alguna de sus tres esposas se acercaba a él, levantaba el hacha por el aire o cargaba el rifle.
Tú vives en el fondo de mis manos y yo vivo en el fondo de las tuyas, y son las mismas la desolación y las heridas que nos infligimos el uno al otro con las mismas armas.