domingo, 24 de septiembre de 2006

Almejas dominicales

− Tranquilo. Te puedes volar un dedo con el cuchillo −aconsejó mi viejo mientras abríamos las almejas dominicales.
Las devoraba una tras otra sin dejar de comentar lo ricas y frescas que estaban. Las almejas se retorcían al recibir las gotas de limón.
− Es de dolor −indicó mi madre, enemiga de los mariscos crudos.
− Qué va. Si les gusta. Mira cómo bailan −porfiaba yo.


Una casa en Santiago. Luis Sepúlveda

1 comentario:

aminuscula dijo...

Por eso soy incapaz de comer almejas dominicales o de cualquier otro día de la semana. Para mi es fundamental que la comida no se mueva (y que no tenga ojos también).