Bocanegra, en cambio, a pesar del mucho aguardiente que ya tenía en el cuerpo, se dio buena cuenta de que yo, por el hilo de su mirada, estaba llegando al ovillo de su pensamiento.
Su verdadero talento, su fuerza, era de índole distinta, y muy temible, por cierto; demoníaca. Comsistía en el poder corrosivo de una de mirada que volatiliza, disipa, vacía, corrompe, destruye, en fin, todos los objetos donde se posa, dejándolos reducidos a su pura apariencia irrisoria; poder tremendo, del que quizá él mismo no se daba cuenta, o no se daba cuenta cabal, como si, con una especie de rayos X, viera la calavera bajo la carne, y una absurda danza de esqueletos en los movimientos de la gente; poder que ejercía sin proponérselo, sin quererlo, y que a saber si no se volvió contra sí propio y fue la causa profunda de su fracaso último, pues ¿dónde y cómo se detiene la cadena de la desintegración?
Y de pronto me encuentro hoy con esta edad; con el vértigo de si me dará tiempo. Paradoja: tiempo es lo único que tenemos, somos tiempo, estamos hechos de tiempo; sin embargo, el tiempo es lo que sentimos que nos falta siempre, lo que nos faltará a partir de ahora, ahora que empezarán a atropellarse, más, las semanas.
A mí me resultan bastante relativos todos los calendarios. No los tomo demasiado en serio. Hay gente que tiene 100 años cuando llega a los 40, y habrá gente que a los 100 años siga bastante vivaz. El calendario es una guía, no es algo tan determinante.
Francisco Ayala entrevistado por Juan Cruz para El País Semanal, 6-04-03