El viajero a través del tiempo era uno de esos hombres demasiado inteligentes para ser creídos, con él se tenía la sensación de que nunca se le percibía por entero.
Se hacía de noche por aquellas calles y las farolas estaban encendidas y habría querido que durase siempre, porque ahora sabía que la idea de separarnos y no volvernos a ver me dejaba como sin piernas. Era como si yo hubiera echado raíces en su sangre. Su cadera era la mía. Su voz era como abrazarla.
Leo para que me consuelen, leo para que me conmuevan, leo para que me recuerden la gracia, la belleza y el amor, pero también el dolor y la pena. Y todas estas cosas importan.
Se emocionó de ver tanto libro junto. La maestra poseía unos cincuenta volúmenes ordenados en un armario de tablas, y se entregó a la placentera tarea de revisarlos ayudado por la lupa recién adquirida.
(Luis Sepúlveda. Un viejo que leía novelas de amor)