Tengo tal necesidad de pensar por cuenta propia, que cuando no puedo hacerlo, cuando tengo que conformarme con alguna opinión que no arranca de mí, la acojo con tanta indiferencia que parezco un ser sin sentimientos.
Este pasaje del libro de Rosa Chacel, Memorias de Leticia Valle, explica
de forma muy sencilla cómo el conocimiento es acumulativo: mientras más
se sabe más se quiere saber. Tenemos que esforzarnos al principio, pero
en cuanto vamos aprendiendo, queremos seguir en ese camino y el
aprendizaje es cada día menos costoso.
Y creí sentir algo
parecido a esas veces que me había puesto a buscar entre la hierba del
pinar los piñones caídos y no había podido al principio distinguir nada
de la monotonía de las briznas, hasta que descubría el primero y en
seguida iban apareciendo más por todas partes, porque ya conocía las
características de claroscuro que los delataban.
Temí que ella notase que mi modo de mirarla era otro; entonces, procuré dar a mi mirada una fijeza que pudiese parecer perplejidad o cansancio y que me permitiese al mismo tiempo seguir estudiando el nuevo campo abierto a mis conocimientos.
Íbamos a volver a estudiar largamente, a recomenzar aquellas lecciones que, empezasen como empezasen, tenían siempre algún oasis, alguna isla inesperada en la que se podía encontrar todo lo que se quisiera.
Al inclinarse apoyándose en el brazo del sillón, la camisa se le ahuecaba un poco y dejaba ver la parte lateral de su torso, no el pecho, sino el costado, donde se le marcaban un poco las costillas, bajo una piel que parecía dorada, entre la blancura de la camisa.