Anteojos. Robert Carter
En tiempos del rey Arturo –prosiguió el abogado, sonriente y nada desagradable, con la confianza de un hombre que ha medido al adversario y lo ha visto claramente inferior-, el infierno era muy real para toda clase de personas, incluso las educadas y refinadas. Creían de verdad en demonios, diablos, posesiones de espíritus malignos, lo que usted quiera. Podían oler el fuego y el azufre que esperaban a los impíos y creían que los abismos y las torturas eternas eran consecuencias razonables de una mala vida. En la actualidad, las cosas son más complicadas, ¿verdad doctor? No creemos que vayamos a sufrir la maldición del fuego eterno. Y ¿qué tenemos en su lugar? Los abogados.
El psicoanalista. John Katzenbach