Cesaria Evora recorrió el planeta con sus mornas melancólicas y las alegres coladeras, pero siempre volvía a casa: necesitaba a los suyos y el mar. A ella le gustaba pasar horas mirándolo, aunque no se metía en el agua porque no sabía nadar. Aunque, como explicó una vez, le hablaba "como si fuera una persona. Una anciana me dijo que las olas crean una música que nosotros los humanos no entendemos".
Ya está limpio, ordenado. Los armarios cerrados, igual que las ventanas. Nada al descuido encima de los muebles. El dormitorio con la cama a punto, la mesita de noche y el retrato de la muchacha con los ojos iluminados por una sonrisa. Todo el invierno sola y escuchando el mar.
(Joan Margarit, 1938-2023. Cerrando el apartamento de la playa)