A los viejos ya no hay qué regalarles que no sea comida. Ya no quieren cambiar las viejas pantuflas, y están hartos de mantas, de pijamas, de lociones que ya no van a echarse.
Porque a los veinte, una biblioteca es una ilusión, a los cuarenta un lugar de plenitud y a los sesenta un recordatorio permanente de que la vida no te va a alcanzar para leerlos todos.