Terry Frost
Vladimir Nabokov escribió una vez en su diario que a los ocho años, su hijo relacionaba cada una de las letras del alfabeto con determinados colores: la C era amarilla, la F era de color habano, la M era azul de huevo de petirrojo.
Hasta el día de hoy, acostumbrada a los lomos de tela de los libros que me rodearon hace treinta años, estoy convencida de que Sófocles es terracota, Proust es gris paloma, Conrad es canela, Wilde es verde ácido, Poe es azul de Prusia, Auden es índigo y Roald Dahl es malva.
Ex libris. Anne Fadiman