Conversaciones. Paqui Díaz
En un humilde taller donde llevé a reparar mi primer coche, me sorprendió un gran cartel en la pared que, desde un lugar alto y visible para todos, educadamente nos avisaba: “Por favor, antes de poner en marcha la lengua asegúrese de tener encendido el cerebro”. En principio, “poner en marcha” y “tener encendido” estaban en contexto y ya me aprestaba yo, conductora novata con “L” recién estrenada, a seguir un consejo mecánico maestro, cuando resultó que la recomendación urgía sobre otro tipo de mecánica. Tiempo más tarde, revestido con la elegancia clásica de un epigrama griego atribuido a Quilón de Esparta, encontré el mismo mensaje: “No corra tu lengua más que tu pensamiento”.
La capacidad de pensamiento y el lenguaje están directamente relacionados. El vocabulario determina la comunicación y la comprensión del mundo que nos rodea se relaciona estrechamente con la palabra que usamos para exteriorizar lo que pensamos. Son dos facultades humanas: pensar y hablar, amigas íntimas, pero distintas entre sí. A lo largo de la historia, muchos especialistas desde distintas áreas de estudio se han sentido fascinados por la convivencia de ambas facultades. Esta compleja relación entre pensamiento y lenguaje lleva años ocupando la cabeza de los filósofos: ¿qué papel juega el lenguaje en nuestro pensamiento? ¿podemos pensar sin palabras? ¿preexiste el pensamiento a la palabra con la que se expresa? ¿accedemos a las palabras porque pensamos o pensamos porque tenemos palabras con las que pensar?
La disociación intencionada entre mente y lengua no puede sorprendernos: es algo que unos más, otros menos, practicamos a voluntad diariamente. No tratamos aquí esa discrepancia voluntaria, controlada, sino aquella que nos desnuda repentinamente ante los demás, que nos descoloca totalmente porque decimos algo inapropiado: tenemos un lapsus. Lapsus linguae, error de la lengua, lo cometemos hablando. Lapsus calami, error al escribir. En latín lapsus remite a resbalón, desliz. Es una falta o equivocación cometida por descuido, una confusión inoportuna.
Ya sea por descuido, olvido o falta de atención, casi siempre el lapsus es personal e intransferible, único; cómico o divertido, risible muchas veces, incluso turbador; los seguidores de Freud defienden que esos errores revelan intenciones ocultas, preocupaciones inconscientes reprimidas al hablar o al escribir.
En el lenguaje vulgar nos encontramos en ocasiones con la unión de un lapsus con una frase hecha. Normalmente ocurre con palabras que suenan más o menos igual, pero de significados distintos. La falta de análisis, la prisa y la repetición provocan el éxito popular de algunos de estos sinsentidos híbridos de la lengua:
· estar entre la espalda y la pared
· una de sal y otra de arena
· limpio como una patera
· rascarse las vestiduras
· ponérsele a alguien los pelos de gallina
· un desecho de virtudes, etc.
Mi admirado Juan José Millás, curtido en las más brillantes conexiones, escribe que la lengua forma parte del sentido de la vista, porque cuando él va al campo ve árboles; en cambio, cuando va con un amigo suyo que es botánico, ve acacias, álamos, chopos, pinos, fresnos, castaños, tejos…
(Inma Díaz, 2024. Artículo para la revista VIÑAS LITERARIAS N.5)