Durante un rato guardaron silencio; no era un silencio incómodo, sino solo el vago temor que tienen las personas más refinadas a iniciar una conversación con banalidades.
Tenía el semblante encendido hasta la raíz de los cabellos, las ventanas de la nariz se le habían dilatado bajo una fuerza interior, transpiraba visiblemente y se mordía los labios. Su barbilla se proyectaba hacia adelante en señal de batalla y en sus ojos pude distinguir con inquietud aquel relampagueo de apasionamiento incontrolado que generalmente se observa tan solo en los jugadores de ruleta cuando después de doblar la apuesta seis o siete veces seguidas vuelve a salir el color que no han elegido.