Pienso en todos los diablos que he visto en mi larga vida. Ahora sé lo breve que es el paso de los inocentes por este mundo y lo duradero que es el de los malvados.
(Tiffany McDaniel. El verano que no derritió todo)
Sus ojos tenían algo que me hacía pensar en Rusia. Tal vez se debía a que eran muy grandes, el país más grande del mundo en su cara. Claro que, sabiendo lo que ahora sé, tal vez era porque sus ojos me recordaban mucho las muñecas matrioshkas, ocultando su auténtico yo dentro de cajas de misterio barnizado. Abrías una caja y encontrabas otra idéntica. Por muchas cajas que quitabas, siempre había una más.
(Tiffany McDaniel. El verano que no derritió todo)
¿Quién ha tenido la osadía de hacernos creer sólo en nosotros mismos y por qué lo hemos asumido como verdadero? ¿Cómo hemos podido llegar a pensar que nos bastaba con la sola vida; con esta sosa vida nuestra en la que no se oye música de fondo, sino el murmullo de estúpidos con su catálogo de consejos, que no recuerdan la última vez que amaron?
Doña María encaró entonces que sirvieran el chocolate. Nos lo tomamos con unos confites de cidra, un bizcocho bañado en almíbar y unas rosquillas con piñones.
El novelista nos traslada. El traslado es una metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras.
Me enamoré de los puerros. En Berghof, me dijo Kannenberg, acababan sus días en la sopa junto con las patatas. Yo los serviría de entrada, con una vinagreta a la trufa.
Amaba que me ocurrieran cosas, le repito, buscaba cosas que pasaran a mi alrededor: así era para mí escribir. Y en la vejez no me sucede nada. Nada excepto la retahíla de aconteceres cotidianos.
(Maruja Torres. Cuanta más gente se muere, más ganas de vivir tengo)
En las distintas plazas y plazuelas cada mañana ponían las floristas sus tinglados, sacaban las flores en macetas y en ramos, el espacio olía bien, cambiaba la atmósfera.
El año pasado, en invierno, unos cuantos días antes de Navidad, me invitaron a un acato literario panescandinavo en Helsingborg, la segunda ciudad más grande del sur de Suecia, con unos cien mil habitantes más o menos.
Don Quijote al atardecer en el Paseo Andalucía de Vélez-Málaga. Inma Díaz
La Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su conjunto, es su propia desnudez y monotonía, que si no distraen ni suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de Quijote no se comprende sino en la grandeza de La Mancha. En un país montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras con lindas casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, Don Quijote no hubiera podido existir.
Los árboles, triunfales e inmortales, crecían ofreciendo sus dones y sus servicios, y cuando tenían que morir, morían de pie, no eran piedras muertas erigidas para conmemorar, amenazar o recordar, eran la vida venciendo a la muerte.
Encontrar escapatorias cuando no se quiere mirar dentro de uno mismo es la cosa más fácil de este mundo. Siempre existe una culpa exterior, hace falta mucha valentía para aceptar que la culpa —o, mejor dicho, la responsabilidad— nos pertenece tan solo a nosotros.
Por la noche, cuando volvía a casa, hacíamos el amor. Con la electricidad de la rabia y la tristeza y la ternura que había entre nosotros. Y que nunca expresamos en voz alta.
Los recuerdos tristes dormitan largo tiempo en una de las innumerables cavernas de la memoria; se mantienen allí durante años, decenios, la vida entera. Después, un buen día vuelven a la superficie, el dolor que los había acompañado vuelve a estar presente, tan intenso y punzante como lo era aquel día de hace tantos años.
La felicidad no puede contarse. Es como una tarta de manzana, se come hasta la última miga que hay en el mantel y después se lame el zumo dorado que mancha los dedos.
Aparte de la hierba y de unos tristes narcisos, teníamos allí un rosal único, de color amarillo. En verano solía trepar por alrededor del blasón, hasta el lugar en que encontraba el sol y donde creaba una flor bellísima
Jorge Luis Borges publicó en 1936 su Historia de la eternidad, del que se vendieron treinta y siete ejemplares en la Librería Ateneo, ubicada en la calle Florida de Buenos Aires. El autor, atónito y agradecido, quiso encontrar a los treinta y siete compradores, pedirles disculpas y prometerles un libro mejor en la próxima ocasión.
Crisantemos. Algunos tan grandes como la cabeza de un bebé. Ramos de hojas rizadas color penique con fluctuantes pliegos desvaídos. Los crisantemos, comentaba mi amiga cuando íbamos al jardín a la búsqueda de capullos, son como leones, tienen carácter regio, yo siempre espero que salten, que se vuelvan contra mí rugiendo y gruñendo
(Truman Capote. El invitado del Día de Acción de Gracias)
El poeta Karel Vanék dijo una vez, viendo en una revista un dibujo de Marold, de París, que este artista no sabía dibujar sino que también sentía los colores.
Al principio parecía desierto, kilómetros y kilómetros de dunas. Dunas de basura apestosa, humeante. Al cabo de un rato, a través del polvo y el humo, empezabas a ver gente trepando por las dunas. Pero era gente del color del estiércol, vestida con harapos idénticos a los desechos por los que se arrastraban.
Se me permitirá que antes de referir el gran suceso de que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra marina.
Lo conocí en la cárcel del condado cuando él acababa de cumplir dieciocho años. Ninguno de los dos había estado antes en prisión. Yo le contagié el gusto por los libros. La primera vez que se enamoró de las palabras fue con El bote abierto de Stephen Crane. Cada semana venía el encargado de la biblioteca, le devolvíamos unos libros y escogíamos otros.
La casita que estaba al lado mismo del portal del patio parecía un poco más pequeña y oscura que la nuestra, pero era seca y tenía, delante de las ventanas, un jardincillo donde apenas resistían unas rositas; pero, en cambio, florecían allí, generosamente, unas margaritas de tallos muy largos.