No le pidas nunca nada en préstamo a un amigo: es posible que no posea aquello que ha hecho creer a todo el mundo que posee y, si lo desenmascararas, te odiaría. Igualmente, si acepta a su pesar, o no recupera su posesión en perfecto estado, te guardará rencor. No le compres nunca nada a un amigo: si te pide un precio demasiado elevado, te sentirás estafado; si el precio es demasiado bajo, es él quien se sentirá estafado. En ambos casos, vuestra amistad se resentirá.
El indigente, el sinnada, iba pidiendo para un café por entre las mesas de la soleada y concurrida terraza. Llevaba una gorrita azul. Y en ella, bordado con blancas puntadas, un anagrama del lujo, un logotipo de la desproporción, de la desigualdad: Marbella, una marca con clase.
Llega el verano, mi estación favorita: me encanta el sol, el mar, la playa, los espetos de sardina, las cañas heladas, la sandía... los días largos y la piel morena. Leer tochos, poesía y periódicos atrasados bajo la sombra fresca de un toldo o, mejor, de una enramá.
Subes del mar, entras del mar ahora. Mis labios sueñan ya con tus sabores. Me beberé tus algas, los licores de tu más escondida, ardiente flora.
Subes del mar, entras del mar ahora... Pablo Neruda
Las tres mujeres de Sima Ku habían empleado todos los remedios populares y todas las clases de medicamentos que había a su alcance para paliar los dolores de la espalda quemada y congelada del hombre que compartían. La primera esposa le había puesto una escayola, que la segunda esposa le había quitado para lavar la zona con una loción que había preparado mezclando una docena de extrañas hierbas medicinales, después de lo cual la tercera esposa la había cubierto con un polvo compuesto de hojas aplastadas de pino y de ciprés, raíces de encina, clara de huevo y bigotes de ratón chamuscados. Con tanta actividad, que hacía que su espalda estuviera húmeda en un momento determinado y seca un instante después, a las viejas heridas se les unieron otras nuevas. Llegó un momento en el que Sima Ku se envolvió en una chaqueta impermeable que se cerraba con dos cinturones de cuero y en cuanto veía que alguna de sus tres esposas se acercaba a él, levantaba el hacha por el aire o cargaba el rifle.
Tú vives en el fondo de mis manos y yo vivo en el fondo de las tuyas, y son las mismas la desolación y las heridas que nos infligimos el uno al otro con las mismas armas.
Me acuerdo de una vez que fuimos a visitar un pariente lejano que tenía un hijo de mi edad (unos ocho o por ahí) que llevaba toda la vida coleccionando peniques. Era uno de esos salones atestados de muebles hasta arriba, y por encima, en cada centímetro libre, había grandes tarros llenos de peniques. Hasta en el suelo, hasta por el pasillo, alineados contra las paredes, había grandes tarros llenos de peniques. Era una visión realmente asombrosa. Todo un botín para un niño de mi edad. La envidia me corroía. (Espero no estar exagerando, no, no creo que esté exagerando.) De verdad, era algo casi sagrado: como un santuario. Me acuerdo de que su madre se jactaba de que el niño (con ocho años) lo estaba ahorrando para pagarse la universidad.
Violeta Parra, una capitana de letras lindas, mucha de las cuales las he traído a este barco. Otra capitana, Federica Montseny, escribió en uno de los libros el párrafo que sigue. Y, aunque estas letras no eran para Violeta (cuando Federica las escribió, Violeta tendría diez o doce años) pensé en ella, en una violeta que es una rosa. Aquí os las dejo, espero que os gusten.
FELIZ LUNES!
Las violetas son el regalo del alma, descanso de la mirada, consuelo
del aliento, caricia del tacto. Las rosas son el orgullo de los
jardines, la gloria de los hombres que saben cuidarlas; se abren como
una promesa y sobre ellas derraman su sangre los ruiseñores enamorados
de las estrellas.
La indomable. Federica Montseny
Se va enredando, enredando, como en el muro la hiedra, y va brotando, brotando, como el musguito en la piedra. Ay sí sí aí aay sí sí sí.
A veces soy mujer y otras hombre. Cuando me llama el agua de tu cuerpo y tus dedos que fluyen me tañen como a cítara, soy tu esposa. Más cuando el viento azota tu espalda o te fustigan los guerreros del sol, me encrespo junto a ti para luchar como un tigre de roca y de bambú.
"El terrorismo es la guerra de los débiles y la guerra es el terrorismo de los poderosos". Los débiles no pueden hacer otra cosa, los que ostentan el poder sí pueden crear mejores condiciones, sí pueden, aunque no quieren, redistribuir riqueza y establecer un orden social más justo y equitativo.
La ciencia y la vida. Valentín Fuster y José Luis Sampedro con Olga Lucas
Un ejército es un cuerpo de puros consumidores. A medida que el volumen del ejército aumentaba echaba una carga cada vez más pesada sobre las empresas de producción: pues el ejército tiene que ser alimentado y alojado y equipado, y, a diferencia de otras profesiones, no proporciona a cambio ningún servicio excepto el de la "protección" en tiempo de guerra. Además, en guerra, el ejército no es simplemente un puro consumidor sino un producto negativo: es decir, produce "desgracia", para decirlo con la excelente frase de Ruskin, en vez de riqueza (o gracia), miseria, mutilación, destrucción física, terror, hambre y muerte caracterizan el proceso de la guerra y forman la parte principal del producto.