Parecen dibujos,
pero dentro de las letras están las voces.
Cada página es una caja infinita de voces.
Trilogía de Mozambique. Mia Couto
Es difícil precisar el punto exacto en el que nace una obsesión.
Hoy, como muchas otras veces, recuerdo a mi vecina Ana, que tanto me ayudó atendiendo a mi hijo como a uno más de los suyos, cuando yo vivía en una ciudad extraña, sola y con un niño pequeño. Muy lejos de ella ahora, en tiempo y en espacio, me la trae a la memoria el gesto de agacharme para repasar, para quitar el polvo de ese filito de la pared justo antes de que comience el rodapié, donde se aposenta groseramente el polvo. Ella odiaba esa mugre, a la que no daba mínima tregua, quitándola una y otra vez, sin cansancio alguno. Nunca se sabe qué momento cotidiano y simple, va a perdurar en nuestro corazón. El más anodino puede ser llamado a permanecer: la memoria es independientemente misteriosa.
Cuando nos dirigimos al amor
todos vamos ardiendo.
Llevamos amapolas en los labios
y una chispa de fuego en la mirada.
Sentimos que la sangre
nos golpea las sienes, las ingles, las muñecas.
Damos y recibimos rosas rojas
y rojo es el espejo de la alcoba en penumbra.
Cuando volvemos del amor, marchitos,
rechazados, culpables
o simplemente absurdos,
regresamos muy pálidos, muy fríos.
Con los ojos en blanco, más canas y la cifra
de leucocitos por las nubes,
somos un esqueleto y su derrota.
Pero seguimos yendo.
Ida y vuelta. Amalia Bautista
Mujeres del alma mía. Isabel Allende