domingo, 1 de marzo de 2026

A PEDIR DE BOCA

A pedir de boca, collage manual. Paqui Díaz

En la historia de nuestra evolución parece seguro que el lenguaje nació como una necesidad social. En principio, como en los primates, la comunicación en el grupo humano ocurre de manera directa: el contacto físico, el acicalamiento, los gestos de aceptación o rechazo entre unos y otros, son continuos y tienen lugar a la vista de todos. La vida se vuelve más compleja cuando los grupos humanos crecen en cantidad y en tamaño, haciendo imposible material y temporalmente la atención mutua. Y cuando este contacto físico decae, nace el lenguaje, para suplir esta pérdida de cercanía. Porque ya no es suficiente con ver, oír, tocar, oler y gustar. Se necesita algo más, se necesita decir, contar. Con la invención del lenguaje nuestra especie da un paso evolutivo gigantesco y, gracias a que nuestros antepasados aprendieron a narrar, hoy estamos aquí.

Para María Zambrano “la palabra es libertad”, pero ¿cuál sería esa primera palabra balbuceada, susurrada, gritada? Nadie puede saberlo, y no sería una sola, sino que poco a poco irían formándose voces útiles socialmente para comunicar datos, emociones, órdenes, deseos, etc. Algunos expertos dicen que en nuestras lenguas actuales aún perviven, como si fueran fósiles, vocablos imitadores de sonidos cuyo origen se pierde en el tiempo y que tienen su significado en su fonética. Son las onomatopeyas: jaja, kikiriki, brrr, runrún, blablá, guau, beee…

En el extremo opuesto, tensando al límite la utilidad del lenguaje, podemos encontrar la frase hecha, que es como una sentencia, un veredicto inapelable que todos, en un determinado entorno y contexto, usamos y comprendemos. Una frase exacta y certera que, con sentido figurado y pocas palabras, condensa todo un pensamiento.

El lenguaje es la base de nuestra cultura y su objetivo es facilitar la comunicación entre las personas. Los humanos percibimos el mundo con los diferentes sentidos. Parece que el de la vista gana por mucho a todos los demás. Somos animales visuales, aunque ya nos advirtió André Kertèsz que “todo el mundo puede mirar, pero no necesariamente ver”. El segundo puesto lo ocupa el oído. El olfato y el tacto compiten por el tercer y cuarto puestos. Y por último, y a considerable distancia, les sigue el gusto. Aun así, nuestra lengua se da un auténtico festín de frases hechas en torno al mundo culinario:

Hacer buenas migas.
Pillar a alguien con las manos en la masa.
Atar los perros con longaniza.
Contigo, pan y cebolla.
Poner a alguien a caldo.
Ser una perita en dulce.
Estar a la sopa boba.
Mandar a freír espárragos.
Ser el chocolate del loro.
No ser plato de gusto.
Poner toda la carne en el asador.
Melón en mano, tajada fuera.
Descubrir el pastel.
No estar el horno para bollos.
Dorar la píldora
Pagar los platos rotos.
Son habas contadas.
Hacerse la boca agua.
Estar a punto de caramelo.
Al pan, pan y al vino, vino.
¡Que te den morcilla!
En todas partes cuecen habas.
A pedir de boca.

Sin lenguaje, sin frases hechas, siempre “a pedir de boca”, nuestro mundo no sería el mismo. Y nosotros, tampoco.

(Inma Díaz, 2023. Artículo para la revista VIÑAS LITERARIAS N.4)

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