Su verdadero talento, su fuerza, era de índole distinta, y muy temible, por cierto; demoníaca. Comsistía en el poder corrosivo de una de mirada que volatiliza, disipa, vacía, corrompe, destruye, en fin, todos los objetos donde se posa, dejándolos reducidos a su pura apariencia irrisoria; poder tremendo, del que quizá él mismo no se daba cuenta, o no se daba cuenta cabal, como si, con una especie de rayos X, viera la calavera bajo la carne, y una absurda danza de esqueletos en los movimientos de la gente; poder que ejercía sin proponérselo, sin quererlo, y que a saber si no se volvió contra sí propio y fue la causa profunda de su fracaso último, pues ¿dónde y cómo se detiene la cadena de la desintegración?
Muertes de perro. Francisco Ayala
















































