Esta es la historia de una amante sin igual: Justine.
La recibía siempre en lunes.
Justine llegaba temprano, vestida como le había indicado.
La despojaba de las ropas que tan costosa y primorosamente se había procurado. La perfumaba ricamente, mientras aspiraba los rincones de su piel.
Cada lunes estrenaba un larguísimo foulard de seda, azul, rosa, turquesa, violeta...
Con él la ataba y cegaba al mismo tiempo. La dejaba sola. Puedo asegurar que Justine goteaba de placer, dejando un rastro de seda en sus piernas. Entonces, la besaba tiernamente en la boca y la guiaba con dulzura a la habitación...
Antes de despedirse, Justine recibía las instrucciones exactas para el próximo lunes.
Yo, añadía el penúltimo velo al dosel de mi cama.