Compartiendo en La Tercera. Inma Díaz
Mauro Larrea sacó el reloj de bolsillo mientras terminaba de inspeccionar su nueva propiedad. Dos esbeltas palmeras, multitud de macetas llenas de pilistras asilvestradas, una fuente sin agua y un par de decrépitos sillones de mimbre atestiguaban las gratas horas de frescor que aquel soberbio patio, en algún tiempo remoto, debió de proporcionar a sus residentes.
(María Dueñas. La templanza)
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