La mujer era alta, espigada y muy joven al parecer, su rostro era bello y hablaba con una dulzura y suavidad tan grandes que sus palabras me hacían el efecto de que eran pájaros multicolores con el pico de oro, que salían danzando por la habitación en cuanto ella abría la boca.
(Miguel Delibes. La sombra del ciprés es alargada)
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