Un dedo en los labios. Inma Díaz @unalunitagrante
Con un dedo en los labios pedimos, en silencio, que se guarde silencio. Es un gesto universal y absoluto que, en sí mismo, ordena y obedece, calla exigiendo callar. La palabra “silencio” viene del latín “silentium”, y esta a su vez del verbo “silere”, que significa ”estar callado”. Pero los antiguos latinos tenían dos verbos para distinguir dos maneras de estar callado. El “silere” servía para el silencio digamos pasivo, sereno, el simple estar abandonado al silencio, como ensimismado. El otro verbo era “tacere”, que significaba callar de forma activa, mantener deliberadamente el silencio, no hablar a propósito. Entre el orgánico “silere” y el intencionado “tacere” hay todo un mundo: el silencio no se ve y sin embargo está manifiestamente ahí.
Forma parte del lenguaje el modo en que se calla y la manera de quedar en silencio suspendiendo la palabra. ¿Por qué callamos? Por muy variadas razones. Nos quedamos sin palabras ante lo que nos maravilla o nos sorprende, callamos por temor ante lo desconocido, lo inexplicable o lo peligroso. Callamos prudentemente en un ambiente hostil, por recelo, miedo o cobardía, por seguridad. Callamos por desaire, cuando negamos nuestra palabra a quien nos ha ofendido. O por amor, si los besos y las caricias dicen más que todas las palabras amorosas. Callamos por respeto hacia los demás, cuando protegemos la vida del enfermo o la cercanía de la muerte; también en la intimidad de lugares sagrados, de culto o de recogimiento. Incluso podemos callar como expresión de libertad o de resistencia, cuando llegamos al convencimiento de que “no decir” es la mejor forma de opinar; nos encontramos así con un silencio carcelero, rebosante de palabras no pronunciadas.
El silencio lo percibimos no solo como ausencia de palabras, sino más ampliamente, como falta de ruido. En el hiperconectado mundo actual, el silencio ha perdido prestigio y presencia en nuestras vidas. Nuestro día a día conlleva un sometimiento permanente al flujo continuo de ensordecedores estímulos ante los cuales nos encontramos indefensos y expuestos. Es difícil guardar silencio, pero es necesario también, imprescindible para una vida de calidad. Heidegger, de quien muchos especialistas dicen que es el pensador y filósofo más importante del siglo XX, estableció para el silencio la difícil tarea de transitar “el obligado camino entre el exterior y el interior” y, antes que él, Kierkegaard se lamentaba de “no poder remediar los males del mundo creando el silencio para el hombre”. Y es que, naturalmente, necesitamos el silencio porque es la llave que abre la puerta de la sabiduría, del conocimiento íntimo, de la profundidad del ser. El alma está hecha de silencio, de un silencio atronador.
(Inma Díaz, 2023. Artículo para la revista VIÑAS LITERARIAS N.4)

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